Desde que empezamos la aventura era algo que me rondaba la cabeza: ¿cómo será volver a casa?, ¿qué voy a sentir?, ¿cómo estaré allí?, ¿querré volver a Noruega después? Mil dudas que volvieron de golpe cuando en agosto se me acabó el contrato, cogí un avión (por no decir 3 y una noche en el aeropuerto de Barcelona de regalo) y me planté en mi ciudad con 30 gradazos (he estado rondando los 10 todo el verano, se me permite flipar en colores).
El reencuentro fue increíble. Decidí hacerlo de sorpresa y fue muy bonito ver las caras de la gente, las ganas que tenían de verme... Pero de vuelta en casa, sentada en el sofá, no podía creer lo poco que había cambiado todo: allí sólo habían pasado 3 meses y para mí habían pasado 4 años. He crecido muchísimo como persona, he madurado, he dejado miedos atrás, he avanzado con la comida, he medio aprendido a fluir (tampoco hay que pedirle peras al olmo), he conocido a personas que se han convertido en pilares fundamentales y en mi casa solo han empezado a hacer una rotonda.
Pero está bien, es reconfortante si no te frustras por ello. Estás en un punto diferente con las personas de tu alrededor, pero no te tienes que comparar. Piensa en lo que tienes tú y en lo que quieres tú. Ellos simplemente no quieren lo mismo, están bien como están o no se atreven a cambiar; no les merece la pena salir de su zona de confort y es igual de válido.
Ha sido doloroso volver a Noruega después de un mes idílico, pero me ha ayudado a darme cuenta de la razón principal y verdadera por la que di el paso de irme: por mí. Ni por la experiencia, ni por el dinero: por mí. Por aprender a fluir, avanzar con el TCA, dejar esa niña indefensa y vulnerable atrás, aprender, madurar y sentirme orgullosa. Lo que he conseguido en solamente un verano ha sido increíble y siento que puedo seguir aprendiendo muchísimo más, enfrentándome a mis miedos de frente con los recursos que tengo en el momento.
Me intriga cómo será la próxima vuelta a casa o cuándo será... Habrá que descubrirlo.