Cuando pasas tiempo fuera, vuelves y te das cuenta de lo bien que estás con los tuyos, de lo que lo disfrutas y de lo que los has echado de menos; te das cuenta de la suerte que tienes de tener una bonita familia. No es perfecta, porque, a parte de que pocas cosas son perfectas en la vida, las personas podríamos llegar a ser una de las cosas más imperfectas que hay, y cuando las relacionas entre ellas creas un batiburrillo de hilos que se entrelazan, se anudan y se sueltan constantemente, sin patrón ni sentido. Cada uno somos diferentes y contamos con la desventaja de que la familia no se elige, por lo que no tienen por qué caerte bien, posiblemente no te irías a tomar un café con la mitad de personas que se sientan al rededor de la mesa de Navidad, y está bien.
En mi caso, no me puedo quejar: los quiero mucho y con sus cosas buenas y sus cosas malas, son personas que quiero a mi lado, con los que disfruto y sí me iría a tomar un café. Aprecio cada mensaje cuando no estoy cerca y las ganas inmensas de verme cuando vuelvo a casa. Simplemente sentarse todos juntos en un día especial es gratificante y te hace sentirte parte de algo, sentir que si tú no estás dejas un hueco que no se va a rellenar. Siento que muchas veces es complicado, pero a su vez creo que solo hay que intentar comprender a las personas y pensar en lo que necesita cada uno o que cada persona tiene una forma diferente de querer. Sería inconsciente si pensara que todo es así de fácil, pero en muchos casos sí que lo es y creo que merece la pena hacer un esfuerzo, porque es bonito saber que hay personas que te quieren de manera incondicional y que, por mucho que solo los veas en momentos puntuales (a veces no hace falta abusar jeje), esos momentos son especiales y muy valiosos.