ENFERMERÍA: médicos frustrados

Publicado el 13 de junio de 2026, 9:21

Creo que no podría empezar a contar mi experiencia como enfermera en proceso sin explicar como llegué aquí y es que en mi caso sí que se cumplió una de las leyes no escritas de la carrera de enfermería: que no te de la nota para estudiar medicina.

 

Para que me lleguéis a entender un poco, debo de recalcar que soy una persona de ideas muy claras y me encanta tener todo decidido y organizado, también soy muy impaciente por si no se ha notado. Por lo tanto, cuando en quinto de primaria a mi mini yo se le metió en la cabeza que quería ser Patóloga Forense después de muchos capítulos de El Cuerpo del Delito (serie totalmente infravalorada), quitar esa idea fue casi imposible. Ya en sexto o primero de la ESO investigué y di con la respuesta que me ha perseguido muchos años: ¿Qué hay que estudiar para ser Patóloga Forense? MEDICINA.

Según pasaban los años, más claro lo tenía, ya no solo me llamaba el oficio sino que me iba enamorando de la carrera y no había dudas YO IBA A ESTUDIAR MEDICINA. Aparte de mis ganas y mis sueños, era un incentivo indudable ver la cara de orgullo que expresaba la gente al escucharlo, parecía que si lo lograbas subirías en la escala social.

Todas estas ilusiones y metas se mantuvieron implacables, mientras mis amigos y compañeros dudaban entre una carrera u otra, todo el mundo tenía claro qué iba a estudiar yo. Por todo esto, todavía me vienen malos recuerdos de segundo de bachiller, un año en el que tengo claro que si no hubiese tenido el apoyo de mis amigos, mi entonces pareja y mi familia... no sé cómo habría acabado mentalmente. Fue muy duro intentar llegar a las metas que yo misma me había marcado, NO PODÍA BAJAR DEL 9. Al final era el momento de conseguir todo lo que había dicho que iba a hacer, en cierta parte el momento de demostrar y no defraudar, a los demás, pero sobre todo a mí misma.

Por suerte, todo salió bien, conseguí la media que necesitaba y ya solo me quedaba un último reto, la temida selectividad. Si el año fue complicado y una carrera de fondo, este mes lo superó todo con creces y yo ya no tenía energía. La poca que me quedaba la concentraba en estudiar de 8 de la mañana a 10 de la noche todos los días. La última semana y media parecía un ente caminando sin rumbo por mi casa, muy negativa y sin ganas de nada. En mi lógica aplastante todo era una estrategia porque si yo me convencía de que no iba a lograrlo estaba preparada para cualquier escenario, si entraba sería una alegría enorme y si no, no me afectaría tanto porque ya lo daba por sentado y me había hecho a la idea. Estaba muy equivocada. Fue uno de mis grandes errores y no se lo recomiendo hacer a nadie.

Los días de examen fueron una locura, mis niveles de estrés, cansancio e impotencia eran muy altos, yo era consciente de que podía hacerlo mucho mejor, que me lo había preparado mejor. Como era de esperar las notas no fueron lo que yo necesitaba, obviamente no estaban nada mal pero no llegaban a la nota de corte. Todo se me vino a bajo, mi gran sueño, mis metas, mi idea de futuro... y era muy duro ver que todas mis amigas habían conseguido entrar en las carreras que ellas querían. Me pasé el primer mes llorando y haciendo prematriculas en todas las universidades de España, me daba igual a donde ir pero no me iba a dar por vencida.

Al final no hubo nada que hacer, era obvio que no iba a entrar y aquí llegó la pregunta del millón: ¿Cuál es mi segunda opción? No me preguntéis porqué pero yo tenía clarísimo que Enfermería no quería hacer, sentía que era muy poco, que después de haber aspirado tan alto era bajar de golpe, me sentía inútil. Entonces, empecé a buscar opciones pero nada me convencía. Tenía claro que quería que fuese una carrera del ámbito sanitario pero no me sentía identificada con ninguna.

No os voy a engañar, no puse Enfermería de segunda opción porque me diese cuenta en el último momento de que estaba equivocada y que era mi real vocación. Fue casi una decisión forzosa por la necesidad de tener que poner algo y por tener la tranquilidad de saber que sería más fácil cambiarme a Medicina desde Enfermería. 

Pasaron los meses y llegó el primer día de clase, poco a poco iba adentrándome en el mundo de la Enfermería, un mundo totalmente desconocido para mí hasta ese momento, ahí se me rompieron todos los esquemas. Empecé a ver todas las funciones, la responsabilidad, el conocimiento, los diferentes puestos, las especialidades... y me enamoré. Después de las prácticas del primer año yo sabía que estaba donde tenía que estar, que era mi carrera y sigo dando las gracias al destino por haber hecho que las cosas sucedieran así. Si las cosas hubiesen sido diferentes no sé que habría sido de mí, pero creo que no habría encontrado mi sitio.

Como dato curioso y bonito, mis padres lo pasaron muy mal ese verano a mi lado y el día que me dieron las notas de selectividad me llevaron a La Tagliatella de Donosti para intentar sacarme de casa y del bucle en el que estaba metida. Ahora cada año en las mismas fechas, que suele coincidir cuando acabo el curso, vamos al mismo restaurante para celebrar que eso hubiese ocurrido y lo bien que estoy ahora. El año pasado pudimos celebrar mi graduación y mi primer contrato, quién me lo habría dicho sentada en la misma mesa 4 años atrás.

Con todo esto, solo quiero decir que si estás en la misma situación, dale una oportunidad, nunca se sabe. La mayoría de mi clase estaba igual que yo y solo una persona se cambió de carrera. Incluso, cuando en segundo nos preguntaron que porqué habíamos elegido la carrera, casi todos respondimos diciendo que no era nuestra primera opción pero que ahora no la cambiaríamos por nada y que habíamos encontrado nuestro sitio.

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